A los diecisiete años decidí que estudiaría para ser docente; pero no docente en aquel lugar donde vivía, Buenos Aires, sino docente en la provincia de Chaco. Esa provincia que para ese entonces sentía olvidada, aquella en donde había visto documentales y los nenes pequeños tomaban agua caliente. Agua caliente, sola. Sin siquiera un saquito de té…
                  Cuando cumplí 21 años logré recibirme. ¡Qué alegría! No había olvidado en ningún momento mis deseos de viajar a ese lugar de Argentina, a poder dar una mano a quienes fuese que lo necesiten. Mandé e-mails a casi todas las provincias, a muchas organizaciones distintas, con la confianza en que fluiría aquel lugar que había sentido como propio algunos años atrás…
De pronto, Chaco figuraba en mi casilla de mails: CONIN era la Institución. Pero las palabras de ese mail eran distintas. Demostraban una necesidad real. No había trabas, no había nada más que predisposición a acomodar todo lo necesario, y agradecimiento por las ganas de viajar como voluntaria, sin pretensiones de aportes de ningún tipo.
                 Me contacté al instante. Viajé a Quitilipi a conocer el lugar. Viajé con mi madre, que estaba algo preocupada y prefirió acompañarme en este emprendimiento. Me mostraron el Centro CONIN de Prevención de Desnutrición Infantil donde se dictaban las actividades, me contaron en qué consistía el proyecto, cuál era la realidad del lugar, me llevaron a recorrer todos los barrios; contándome sus historias, con unos riquísimos mates de por medio. ¡Qué impacto cada palabra!
Todo en ese lugar me enamoró. Y sin pensarlo dos veces, la decisión ya estaba tomada. A los dos meses viajé con una mochila y todas las ganas de colaborar. Los chicos del Centro CONIN Quitilipi me habían conseguido un alquiler, y habían estado constantemente en contacto conmigo, con palabras de aliento, de calidez, de amor y de entrega… Sin conocerme, sin saber quién era en verdad, y confiando ciegamente en mi discurso y mis supuestas intenciones.
                No sé si realmente puedo contarles todo lo que sentí durante mi participación allí. Creo que es realmente imposible expresarlo. Puedo contarles que todo aquello me impactó como nada; como nadie, se coló en mis huesos. Me llegó al alma, como ninguna otra cosa lo había hecho hasta ese momento, y como nunca volví a sentir en otro lugar. Allí daba talleres de alfabetización para las mamás de CONIN, participaba en la estimulación temprana de los pequeñitos del jardín, y también formaba parte de las visitas programadas a la casa de uno de los niños con mayor grado de desnutrición. Pasaba cada mañana y cada tarde con una alegría distinta a cualquier otra. Con un empuje que ni yo sabía realmente que tenía dentro.
Todo fue asombroso. Nunca nada me dio tanta luz, tanto amor. Cada vecino del barrio, que me veía sin muebles y sin nada, y me traía de su comida. Cada uno de los protagonistas de ese proyecto, de guardia las 24 horas para todo aquel que lo necesitara. Las mamás, asombrosos seres de valentía, de fuerza, de perseverancia y de sonrisas. Los niños… ¿Qué decir de ellos, no? Tan puros, tan fuertes. Tan cariñosos y agradecidos.

               No conozco un acto de amor mayor que el de dar nuestro tiempo desinteresadamente al otro: eso es algo que se ve constantemente en esta asociación.

              En esos seis meses, el niño al que visitaba, que antes no caminaba, dio sus primeros pasos. Mis agradecimientos van a ser eternos. 
 
              Les dejo acá, la parte de una canción “Un cielo mucho más claro”, de Arbolito, que cada vez que la escucho me recuerda esta experiencia, esos rostros y esas sonrisas. Nunca dejen este proyecto, que transforma vidas…
 
“Si pasas por allí no te olvides de irlos a conocer. Los muchachos te van a mostrar cómo se hace un país de verdad. (…) Caminar por ahí es sentir el olor de la libertad; una cumbia, un mate y una mano siempre para ayudar. Y te puedo decir que se ve como crecen, así, desde el pie. Con la gente que lucha, que aguanta y que es mucha, y que van marcándonos el camino. Parece que marcha bien…”
 
Micaela
Voluntaria del Centro CONIN Quitilipi