La lucha contra la mortalidad infantil
La lucha contra este flagelo debe ser incesante, incluso si las estadísticas demuestran que está en disminución.
Ha sido oportuno que las autoridades nacionales se hayan referido con inusual prudencia al hecho de que las estadísticas señalan que la tasa de mortalidad infantil, que en 2007 era del 13,3 por mil, ha disminuido al 12,5 por mil en 2008. En esta oportunidad, por lo menos, no subrayó con su acostumbrado tono triunfalista el módico éxito obtenido en la lucha contra un flagelo que debe ser motivo de generalizada preocupación y, asimismo, debe movilizar en nuestras clases dirigentes, sin distinción de banderías ni de signaturas políticas, la unánime intención de combatirlo hasta poder reducirlo a su más mínima expresión.
Nada más hiriente y doloroso que la muerte de un niño, sobre todo si ha sido provocada por causas que podrían haber sido evitadas, de no mediar irresponsabilidades diversas y la consecuente falta de capacidad técnica y política para remediarlas. Por ello, la reducción de tan sólo ocho décimas de punto en el citado índice de morbilidad no es un logro resonante, sobre todo porque todavía faltan las cifras correspondientes a 2009. Es una buena noticia, dijo la presidenta, pero "todavía estamos lejos de los objetivos que nos hemos propuesto como sociedad y como gobierno".
Acertó. Las estadísticas casi siempre (por no decir siempre) abarcan escenarios diversos y dispares y meten en el mismo saco situaciones graves con otras que no lo son tanto. Sería el caso, por ejemplo, de la propia ciudad de Buenos Aires y el partido bonaerense de Avellaneda, donde la población infantil asentada en las cercanías del Riachuelo -sobre todo en Dock Sud, Isla Maciel, La Boca y Parque de los Patricios- padece serias enfermedades propias de la convivencia con tan tóxico curso acuático y con las emanaciones de las destilerías de petróleo, mientras que en otras barriadas relativamente próximas, aunque a salvo de esas graves fuentes de contaminación ambiental, la tasa de mortalidad infantil es menor.
Tampoco sería hora de triunfalismos si se repara en que las organizaciones no gubernamentales que le hacen frente a la desnutrición infantil han debido incrementar sus tareas en todo el país. La Red Conin, que se ocupa desde hace tiempo de luchar contra este flagelo y prevenirlo, ha tenido que abrir nuevos centros de atención a niños desnutridos en grados 1 y 2. Bien es sabido que esa afección obra a modo de una anchísima puerta de ingreso por la cual irrumpen gravísimas enfermedades que inciden con hondura en los índices de la morbilidad de la niñez.
No se trata de que las autoridades se hayan desentendido del todo de tan importante responsabilidad de gobierno. Sí se trata, en cambio, de que no se caiga en el error de inferir progresos llamativos en esta delicada materia ni tampoco en el de alentar falsos optimismos acerca de su erradicación, porque por lo general son resultantes más del oportunismo proselitista que de la sincera intención de ponerle punto final a una cuestión tan dolorosa como recurrente.
Al margen de que, según puntualizó con absoluta precisión el titular de la Red Conin, Abel Albino, todo depende del color del cristal con que se miren nuestras estadísticas, inferiores, es obvio, a las de numerosos países subdesarrollados, pero modestísimas si son comparadas con la tasa de mortalidad infantil de Chile, que sólo es del 7,5 por mil.
Se han tomado y se siguen tomando medidas para disminuirla en nuestro país. La presidenta cifra muchas de sus esperanzas en la asignación universal por hijo y en la libreta sanitaria y educativa. Con ser positivas, esas iniciativas no pasarán de ser meros paliativos si esta auténtica batalla no es librada en carácter de política de Estado, apelando para ello no sólo al concurso de los recursos oficialistas, sino también convocando al aporte de la oposición. La magnitud de esta empresa bien merecería que para poder afrontarla con posibilidades de éxito fuesen depuestas esas discordias políticas e institucionales que tanto daño le están haciendo al país. Además, vale la pena recordar que la Argentina se ha comprometido, en el marco de los compromisos del milenio, a bajar para 2015 a un dígito la mortalidad infantil en el país. |